fui el observador del tango.
El maniquí que veía desde las vitrinas el cortejo,
el vuelo de las prendas por micro segundos...
el roce de los cuerpos, la caricia de los senos,
de la cintura, de las mordidas cómplices entre cuello y espalda
andaban como río en su cause,
los rostros transformados en lobos feroces
en amantes vigorizados
en penetraciones...
en juegos de posición...
en montas y en cabalgatas....
en gritos, gemidos, quejas, peticiones...
más... más....
la fuerza de las palabras y su reacción en el cerebro deseoso de satisfacer y satisfacerse
las manos condenadas a vagar la eternidad en un vientre
en unas piernas
en lenguas de serpiente que escupen fuego en cada beso
los colmillos de acero que perforan los hombros de la pareja
las erecciones
los pezones hinchados de la excitación y las mordidas
la agitación..
la entrada del verano en los cuerpos
del otoño que descarga sus hojas secas como el semen regado
los cuerpos húmedos por las lluvias de octubre...
los ensordecedores gritos atrabancados...
la desconexión con el mundo suprasensible...
el estado de limbo con el antecedente placentero que deja los ojos en blanco...
la descarga del último aliento.
la piel erizada que regresa a su estado normal...
el invierno que comienza a caer y que se abriga con un abrazo.
el ocaso y la noche...
un beso, dos
los ojos de ella que se cierran entre placer y confort...
el cuidado de ella para verla quedarse dormida...
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